Agradezco al fotógrafo Héctor Rio el estímulo y sus conocimientos, sin ellos este trabajo no hubiera sido posible
Durante la década de los ‘60 Héctor Franch llamaba, en cada reunión familiar, a ocupar un lugar frente a la pantalla de su proyector de diapositivas Argus. Como las proyecciones solían ser diurnas todos colaborábamos para oscurecer la sala. Aunque no se trataba originalmente en todos los casos de diapositivas las fotos eran convertidas para poder ser proyectadas en cada reunión casi como un ritual. Recuerdo que la resistencia que asistía al proyector levantaba tanta temperatura que debía ser aislada sobre una madera con la advertencia de no acercarse a riesgo de ser víctima de un accidente. Así también las fotos que pasaban velozmente una a una con cada giro manual del disco amenazando fundirse ante la potentísima lámpara que las proyectaba. Nunca supimos el sentido de ese ritual pero tampoco nadie lo preguntaba, todos asistíamos en silencio solo vivando cada una de las imágenes que nos era posible reconocer.


